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TEXTO PARA LA PUBLICACIÓN 70 OFICINAS DE MESA EDITORES – MEDELLÍN

 

Me interesa el debate proyectual.

El debate teórico-crítico es el que se ocupa de “catalogar” la producción arquitectónica de acuerdo con la escala de valores más o menos compleja (cada vez menos compleja) que al historiador o al crítico convenga. No niego el valor del debate teórico-crítico, y el interés con el que sustenta sobre todo el espacio pedagógico, pero es el debate proyectual (el que mantenemos desde la producción los arquitectos que proyectamos y si es posible construimos) el que realmente se asoma al umbral de la creación, a los instantes de las decisiones conceptuales o disciplinarmente transversales y el que expone sobre la mesa el material esencial del progreso de la arquitectura. En el debate proyectual se tratan nuestros asuntos (“our business”).

Para explicarme usaré la metáfora de que el debate arquitectónico es recorrer un paisaje. El teórico-crítico lo hace en un sólo sentido, desde el principio al final y en vehículo sobre la superficie, es eminentemente lógico y tan fácil o difícil como dibujar un mapa bidimensional. El debate proyectual lo realizamos en un helicóptero que varía la altura, cambia de dirección, de velocidad, es racional pero ilógico y, sobre todo, hipercomplejo, de difícil descripción y mapeado.

Es el debate proyectual desde el que voy a asomarme al panorama colombiano.

Soy un interesado observador de la producción arquitectónica colombiana, que constantemente me sorprende e inquieta forzándome a remirar mi trabajo en constante catarsis sobre todo de vitalidad.

La arquitectura colombiana me muestra el gran oficio de los constructores. Ahí me comporto como pez en el agua. Respiro el mismo alimento y hablo ese mismo lenguaje. Es arquitectura sin adjetivos, elaborada con el repertorio constructivo encima de la mesa ya desde el disparo de salida. Un trabajo que sólo entiende ser construido y en el que la especulación o investigación (que la hay) apuesta por la realidad transformada por el proyecto.

Genuinamente colombiano es bien construir, no sólo eficiente sino culturalmente, entendiendo que la experta, sabia y realista resolución de los problemas constructivos del espacio proyectado es garantía suficiente de la calidad cultural del resultado arquitectónico (1)

Genuinamente colombiana es la inteligencia de la escala como cualidad arquitectónica desde la entidad urbanística o paisajista hasta el detalle inmediato. Quizás por una fruición intensa por la existencia de un paisaje de abrumadora presencia, diríamos que en la naturaleza, pero actualmente también en el contexto urbano, tan enérgico hoy como el natural.

Genuinamente colombiana es la convicción en el propio trabajo proyectual y en su utilidad social, política y cultural. Ni un asomo de escepticismo o desfallecimiento en el quehacer general.

Es en este marco donde cabe referir, en mi opinión, la posición proyectual de cualquier arquitecto colombiano.

Lo fascinante es avanzar en las diferencias, muy apreciables, entre los objetivos y los propios contenidos conceptuales que informan el trabajo de los jóvenes arquitectos respecto de las generaciones precedentes.

La publicación de trabajos de estos siete arquitectos, de y en el entorno de Medellín, es una ocasión propicia para ello.

La entrada obligatoria de esta lectura debo hacerla desde la figura y obra de Rogelio Salmona.

Decir que es un maestro indiscutible de la arquitectura internacional, desde el compromiso con los propios invariantes de la arquitectura colombiana, es innecesario por obvio. Su identidad, con los invariantes de la arquitectura tan estrecha e inteligente, le libera del “contagio” iconográfico y técnico de Le Corbusier en el que naufragarán tantos compañeros suyos del estudio del maestro francés.

La obra de Salmona, y cada trabajo por diferentes motivos, es ejemplar, y si bien en el tramo final aparece una cierta fatiga ante las dificultades técnicas, siempre enseña cómo dar respuestas a la escala, al espacio y al entendimiento de la arquitectura como problema de construcción de aquél.

El magisterio explícito e implícito de Salmona es un patrimonio universal, pero también un referente insuperable e inimitable por la contundencia de su talento propio y por la transformación de la sociedad (tecnología, fenomenología, cultura, etc.) en estos últimos tiempos. La inalcanzable figura y legado de Salmona recibe un patético y banal remedo cuando se le asume como estilo. Así su obra maestra, cumbre de su trabajo que es la “Casa de huéspedes ilustres”, es maltratada por el uso ajeno iconográfico de asuntos, detalles, fenestraciones y construcción. Uso que el propio maestro se cuidó muy mucho de reiterar en su trabajo posterior.

De Salmona no es trasmitible su talento tenaz, patrimonio personal e irrepetible, pero sí su ejemplar independencia y libertad personal que, aunque superficialmente inaparente por la recurrencia a un constante repertorio constructivo, es sin embargo una libertad esencialmente versátil del arquitecto que se reinventa así mismo en cada oportunidad.

Pretender sobre su trabajo armar un “estilo Salmona” es un error, un gran error histórico y cultural, mucho más grave cuando sobre esa presunción valora la producción de la arquitectura colombiana contemporánea.

En este escenario las siete oficinas que nos ocupan son paradigma de lo genuinamente colombiano.

Las invariantes básicas a que me refería se estresan en Medellín por particulares circunstancias locales de una situación fronteriza, cultural y socialmente fronteriza. Culturalmente porque Medellín ha sido un recipiente a presión para la inteligencia paisa (cuna porcentualmente sorprendente de escritores, músicos, plásticos, arquitectos, etc.). Socialmente porque la historia reciente ha curtido su tejido humano en la dura contradicción de una comunidad culta, trabajadora y creativa enfrentada cotidianamente a la violencia de un submundo concentrado y poderoso bajo los pies.

Espacio fronterizo donde merodean como forasteros legendarios sus jóvenes (y no tan jóvenes arquitectos como Marcos Montes, Alejandro Chavarri, Miguel Uribe, Ana Elvira Vélez, etc., etc.), veloces en la respuesta y certeros, muy certeros, en sus lances.

Un afortunado colectivo de insolentes creadores, derivando cada uno por su camino personal, bien atentos a cualquier suceso que se cruce en su camino para montar sobre él una auténtica fiesta proyectual.

Les interesa tanto lo estilístico (definir un propio estilo) como les interesa la carrera pontificia, es decir, nada, y así lo moral deja paso a la condición mágica de su trabajo (2)

La condición del arquitecto se transforma del sacerdote que administra la liturgia del buen comportamiento al chamán o hechicero que invoca a la naturaleza para nuestro bienestar existencial, superpuesta a esta lectura la dialéctica entre Eros y Tánatos (3). Entre lo erótico y lo inmortal mis admirados colegas son esencialmente eróticos y chamánicos, y en ello está el optimismo, la jovialidad y la felicidad de vivir como auténticos e independientes protagonistas de su producción.

Así es irrelevante detenerse sobre los programas espaciales, el material formal o la condición y metodología disciplinar. Nos hacen habitar un mundo ilógico, afortunadamente, pero esencialmente racional e inmediato, y ello es común denominador de la producción que recoge esta publicación, sea un estudio o un libro, una villa en ladera, un orquideorama, polideportivos cubiertos y piscinas abiertas, un aeropuerto o una torre habitable.

Saben del rumbo a seguir y se saludan de barco a barco, en ese debate proyectual, narrando cada uno su presa del día, en una orgullosa hermandad que, para quienes no tenemos nada que perder, se nos antoja envidiable.

La belleza está en los deseos de sus trabajos, no la belleza como “einfulung” del XIX (algo inmatérico como la energía eléctrica e incorpóreo que es posible controlar), sino la belleza como pieza de caza (4). Oteadores que la apresan alrededor de la línea de flotación de las piscinas en Medellín (Calleja Masó y Mejía), en ensueños de un atardecer en Medellín, para una biblioteca en San Cristóbal o desde la casa JG (Camilo Restrepo), belleza del ingrávido artefacto-poliedro tendido en el borde del Bosque de Manuel Villa, la emocionante hermosura de la austera construcción en madera y chapa que Yemail hace dialogar con su homónima y refinada compañera de campo. Belleza de los floridos paisajes de onírico deseo de Viviana, Catalina y Federico. Belleza en los límites de la percepción en ejemplar fluir de colaboraciones con y entre Mesa, C. Restrepo, Mazanti, etc.,, desde el orquideorama pasando por el árbol urbano hasta el lirismo musical del polideportivo. Inquietante belleza intrínseca y objetiva en la producción editorial diversa, siempre investigativa, de Mesa.

Porque en nuestro presente no hay límites para el pensamiento y la producción arquitectónica, y del mismo modo que no hay una sola arquitectura sino, como estas 7 oficinas acreditan, muchas diferentes arquitecturas, incluso dentro de su propio currículum también hay, afortunadamente, muchas formas y grados de belleza de los que os invito a hablar. Yo ya he comenzado.
 
Un texto que reprodujo la revista Paisajes de Arquitectura y Crítica, lo encabezaba refiriéndome a la actualidad arquitectónica en España como “Anochece en el país de las mil cajas” y terminaba el texto “Amanece en la tierra de las mil danzas”, a esta querida tierra colombiana invitaba a mis colegas españoles.

 

Madrid, septiembre de 2009

 

(1)       La Arquitectura puede entenderse bien como problema de representación del espacio o bien como problema de construcción del espacio.

La Arquitectura como problema de representación del espacio atiende, fundamentalmente, al lenguaje propio de la disciplina, es decir, a explicitar las connotaciones que los elementos arquitectónicos sustentan de su propia tradición o del contexto político, histórico, cultural, etc., por ejemplo, una escalera además de su propia utilidad es un “viaje espacial” que se resuelve de manera más o menos retórica.

La Arquitectura entendida como construcción del espacio se ocupa, directa e inmediatamente, de su resolución material convencidos, quienes así trabajan, que resolviendo expertamente, diríamos que sabiamente, la técnica que habilita su puesta en obra, durabilidad, etc., es garantía suficiente de la calidad cultural exigible a la Arquitectura como práctica social.

(2)       Los sociólogos del Arte explican que el tránsito de la sociedad nómada a sedentaria trasformó el modo de relacionarse con el universo y la existencia desde la magia a la religión.

            La religión aparece en las sociedades sedentarias organizadas sobre la propiedad privada del suelo. La estructura social se sostiene sobre un “relato revelado” del orden que rige el universo, desde el creador al siervo-obrero a través de intermediarios monárquicos sacerdotales, patriarcas, propietarios, etc. Ese relato revelado contiene los códigos morales de comportamiento que garantizan el bien común y la felicidad ultraterrena (si nos adaptamos escrupulosamente a esas normas) a esa religión.

            La magia practicada por nómadas, para los que la caza o la pesca diaria es esencial, ejercitan rituales que no explican nada, simplemente invocan al orden cosmológico para que les sea propicio. Sea propicio en su jornada de caza, en los apareamientos humanos, en la elección de un asentamiento o cobijo ocasional o estacional.

            La arquitectura ejercida de un modo chamánico se propone como un ritual mágico que convoca el orden natural simplemente para nuestro bienestar existencial.

            La Arquitectura que apuesta por relatos revelados por conceptos morales o modelos ideales es una arquitectura fundamentalmente ética o moral.

            Aquella se vincula a objetivos estéticos trascendentes y esta con propósitos simplemente ludicos.

(3)       Eros versus Tánatos

            Tánatos es la muerte, pero también es lo imperecedero y lo inmutable, lo etéreo. No hay una condición negativa en ello, simplemente una categoría inherente al arte tradicional. Las Pirámides, el Partenón, el Panteón, son referentes de ello.

            Eros es la vida, el fluir de la existencia, pero también la aceptación de la caducidad, una caducidad que forma parte del flujo de la vida como el otoño que para la flora supone el nutriente de la próxima primavera.

            Tánatos es la belleza cadáver y nostálgica; Eros es la belleza jovial e ilusionada de lo que existe aunque sea fugazmente.

(4)       El asunto de la “belleza” es un tema particular. Desde el modelo romántico del S. XIX la belleza (einfulung) era una cualidad inmaterial que impregnaba la producción artística, y que como el alma, lo infundía el creador a su trabajo como el creador infundía el alma en el ser humano recién creado.

            Hoy en día es un tema innombrable. Resultan patéticos los esfuerzos por la teoría y crítica del arte para, sea como sea, mencionar este atributo en obras plásticas, partituras, poesía, arquitectura, etc. Se circunvalan social, histórica y económicamente los contextos. Se deriva sobre los procedimientos y materiales, formatos y/o asuntos periféricos para eludir juzgar algo tan importante como la belleza de un trabajo creativo.

            Es cierto que el campo perceptivo del ser humano se ha dilatado exponencialmente desde el Romanticismo y sus engolados escenarios, y que desde la modernidad del S. XX habitamos un imparable elenco de disonancias, contradicciones, exageraciones, mixtificaciones, que dificultan por su complejidad no sólo baremar lo que vemos, sino siquiera identificar la posición desde la que miramos y qué es realmente lo que vemos y por qué lo vemos (oímos, tocamos, leemos o todo a la vez)

            La teoría y la crítica, clásica o disciplinar, ha agotado sus fuentes clásicas para abordar el asunto. Es desde otras condiciones desde donde emprender tan arriesgado como fascinante asunto. En primer lugar desde lo incierto, la incertidumbre es una posición fiable para entender el presente, es decir, no existe el “einfulung”, hay inagotables formas de belleza, cada día más complejas formas de belleza cuyos objetivos no siempre son (no tienen que ser) “finales felices”, sino por el contrario incomodas etapas intermedias en el progreso fisiológico de la percepción y reflexión humana hacia seres más tolerantes, activamente sensibles y participativos.

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